¿Qué hay de malo en tener fe?

By James Milton Tillman

Parece ser que el tipo de conciencia que poseemos los humanos, como la capacidad de reconocernos a nosotros mismos y poder juzgar nuestros actos, nos imprime un carácter diferenciador del resto de los seres vivos que conocemos. Es esta conciencia la que utiliza las herramientas necesarias para entender el mundo que nos rodea de una forma que los demás seres es muy posible que no estén capacitados para hacerlo, al menos con la finalidad que nosotros mismos marcamos. Es la conciencia el gran ente superior del individuo y se sirve de numerosas capacidades. Así la inteligencia en todas sus variantes surge como catalizador de un eficaz cerebro subyugado a la genética y formado por billones de neuronas, que se encarga de organizar todos los productos del mismo con un poderoso y desconocido aliado, el inconsciente. La imaginación y los sentimientos como resultado de las emociones percibidas a través de los sentidos nos enfrentan al mundo, de tal manera que lo que no conocemos o explicamos somos capaces de inventarlo.

Nos gusta tanto vivir, que la idea de inmortalidad surge como un acto reflejo, sin embargo al observar a nuestro alrededor, la muerte se convierte en un suceso cotidiano y natural que hace incompatibles la eternidad con la razón. Surge así la fe, como un acto de creer en lo que no se puede demostrar pero sí imaginar, anhelar y desear. Inteligencia y felicidad no están unidas, si bien tampoco separadas, su relación se sustenta en la pertenencia al mismo ente, la consciencia, esta consciencia atípica que caracteriza al ser humano. La gente que posee fe, cree en la inmortalidad como un intento de darle utilidad y sentido a nuestra breve existencia. Una vez que crees en la inmortalidad no te queda más remedio que organizarla y surge instintivamente la religión. La religión emana pues, de nuestros deseos, de nuestras emociones, de nuestra inteligencia, de nuestra consciencia.

         La plasticidad del cerebro se caracteriza por ser capaz de crear huellas y depositarlas suavemente en nuestra memoria sin que nada de eso haya ocurrido, es la base de la creatividad y de la fantasía. Discernir entre lo que se imagina gracias a nuestras capacidades aparentemente ilimitadas y lo que realmente sucede en la naturaleza no es tarea fácil, y motivados por un afán de controlar a los demás, un exceso de imaginación, un deseo de inmortalidad o una búsqueda de justicia superior a nuestros propósitos, la religión ha conseguido convencer de la existencia de deidades como entes capaces de elaborar un diseño inteligente del cual nosotros mismos somos su resultado, relegando la naturaleza humana a un segundo plano, en el que nuestra misma existencia está supeditada a nuestra propia imaginación. Es nuestra mente la que nos hace esclavos de nuestra mente, es el yo esclavo del yo.

         Llegados a este punto cabe preguntarse ¿qué hay de malo en creer, en tener fe?

Si la fe y las creencias se limitaran a una actitud únicamente personal, sin organizaciones y poderes que actúan imponiendo maneras de vivir, entonces la respuesta sería sencilla, nada. La religiosidad está presente en nuestra genética, la espiritualidad es innegable y seguramente adecuada a nuestros propósitos. El problema surge cuando los elegidos que se comunican con sus deidades, bien mediante libros sagrados o directamente a través de apariciones milagrosas, intervienen en el resto de los seres humanos obligándolos a comportarse como ellos dictan, con la amenaza de un castigo terrible si no se cumplen sus propósitos, que son los de su dios. Estas creencias, una vez establecidas en la mente de las personas, se introducen en sus vidas cotidianas, accediendo a un sistema social débil que no se sabe defender de estos ataques, permitiendo que las religiones influyan en las leyes de cualquier sociedad, manipulando y determinando el destino, en el hasta ahora único mundo que conocemos, de la inmensa mayoría de los habitantes de nuestro planeta.

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