Del ratoncito Pérez ni hablamos.

By James Milton Tillman

Un día de verano, me encontraba a punto de coger la lancha de regreso, desde la playa del puntal a Santander, y justo antes de comenzar a caminar por la pasarela de madera que te permite acceder al barco, oí una breve conversación entre dos niños, de apenas cinco años de edad, que situados en un lado cercano al embarcadero permitía, al tiempo que haces la cola, enterarte de lo que hablaban. Los dos se encontraban elaborando un flan de arena con un cubo y un par de palas, y de repente el uno le dijo al otro ¡no es lo mismo, comerse lo mocos que oler a meaos!

Esta inofensiva frase, se quedo grabada en mi memoria y estuve dando vueltas durante todo el trayecto a tan profundo pensamiento, intentando obtener el sentido y la intención de lo que los dos infantes se traían entre manos. Está claro, al menos para un adulto, que la diferencia entre comer y oler, en este caso, estriba en la voluntariedad. Si bien la primera, sobremanera si se refiere a los mocos, es producto de la voluntad de hacerlo, la segunda es el resultado de un acto de incontinencia, en donde tú no controlas la situación.

Mi sobrina, de ocho años de edad, tuvo hace unos días una reunión familiar en la que solemnemente se le comunicó que los Reyes Magos eran en realidad los padres, y que todo en definitiva había sido un engaño. Lejos de conformarse con arrojar a este mundo cruel unas lágrimas de desencanto, (que lo hizo), al poco de recuperarse no sólo se mostró enfurecida sino que además pidió responsabilidades. Explicaciones que sus padres fueron incapaces de desarrollar, en lo que era ya una situación que comenzaba a escaparse de su control. Expresiones como – ¿O sea que las fotos con los Reyes, son fotos con extraños? O ¡No se puede engañar así a los niños! Continuaron con un ¡necesito saber la verdad para no engañar a mis hijos!.

Tras una breve pausa en la que nadie sabía que decir, el silencio se podía cortar con un cuchillo,  añadió con gravedad ¡ Yo se que Dios no existe! Y se fue dando un portazo.

Algo está cambiando en los niños, su actividad intelectual sobrepasa con creces la inocencia con la que nosotros vivimos situaciones parecidas. Reflexiones profundas, planteamientos ontológicos, demandas de responsabilidades por debajo de los diez años, supera todas las expectativas, y nos hace plantearnos, o por lo menos debería, que los actuales cocientes intelectuales sazonados de nuevas tecnologías requieren originales propuestas, no solo educativas, sino también lúdicas.

Del ratoncito Pérez ni hablamos.

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