Mi primera vez

By James Milton Tillman

Tenía doce años, y la pureza que me otorgaba la edad. Con doce años tienes el corazón a prueba de bomba, está en rodaje, puedes alcanzar la nada despreciable velocidad de 250 pulsaciones sin tener que ser ingresado en el hospital. Creedme cuando os digo que esa mañana de domingo cuando fui arrastrado literalmente a la fila del confesionario mi corazón batió todos lo récords de velocidad del mundo, y mi cerebro también, intentando inventar algunos pecados sobre la marcha, para salir del paso. No había escapatoria. Veía como inexorablemente se acercaba mi turno y cuando apenas faltaban dos posiciones, un nuevo récord pulverizaba todas la anteriores marcas, incluso el establecido cuando le vi un trozo de sujetador a la profesora, en párvulos. Esta era una auténtica situación de emergencia, la sentía como el fin del mundo. La última, y única vez, que me había confesado había sido para recibir la primera comunión, y un cura amable nos impartió el sacramento en grupo. Pero esta vez tenía que enfrentarme yo solo directamente con Dios, era mi primera vez. Al menos me sabía la fórmula. “Ave Maria Purísima” “Sin pecado concebida”. Cuando por fin me tocó a mi, sentía un zumbido en los oídos, las piernas me temblaban tal vez por eso me fue fácil caer de rodillas ante el cura. Cuando la situación parecía no poder empeorar, el práter me rodeó con su brazo e introdujo mi cara debajo de su sobaco. El zumbido de oídos devino en mareo, y más que una confesión la situación se convirtió en un interrogatorio donde la convención de Ginebra brillaba por su ausencia y las armas químicas campaban a sus anchas. ¿Hace cuanto que no te confiesas?  – Un mes -contesté con apenas un hálito de voz- en esta contestación ya había un pecado, pero ese le dejaría para la próxima (si sobrevivía).

Después de confesar desobediencia y alguna sisa en las vueltas del pan, parecía que todo iba a llegar a su fin sin mayores represalias que un par de padrenuestros y tres avemarías. De repente el curilla de sotana con olor a incienso me preguntó ¿no tienes nada más que confesar? ¿Has hecho algo con el pito, y… las niñas?

He de admitir que las niñas no existían en mi mundo, las únicas mujeres que yo conocía eran mi madre, mi abuela y alguna vecina. En cuanto al pito, lo utilizaba únicamente para orinar. Cuando abandoné el confesionario, no solo me alejé de alguien a quien nunca me tenía que haber arrimado, también abandoné mi infancia. Que paradoja, perder la inocencia en una iglesia, en la casa de Dios.

Cuando salí a la calle, recuerdo que el sol me acariciaba la cara, y la curiosidad picoteaba en mis adentros. Qué relación existiría entre el pito y las niñas. ¿A quién preguntárselo? De pronto tuve una idea genial, se lo preguntaría a un amigo de la pandilla, que era mucho mayor que yo, un auténtico veterano, “El chato”, tenía la nada desdeñable edad de catorce años. El Chato me miró como quién mira a un corderito tierno al que va a degollar y seguidamente zamparse y exclamó: ¿Nunca te has hecho una paja?

Hasta hoy.

 PD: Esto le pasó a un amigo. A mi no.

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