La Duna del Dique de Gamazo

By James Milton Tillman

Al pasar por el Dique de Gamazo, me sucede lo mismo que a Puyi, el último emperador de China, cuando después de un reciclaje ideológico volvía a la ciudad prohibida, la que había sido su hogar durante tantos años.

Ahora están construyendo una duna de cemento en el lugar que antes fue mi casa. Ahí mismo mi abuelo junto a mi primo pescó un bacalao enorme. Poco tiempo después “cazando lagartijas” me rompí por primera vez un pie. Numerosos clavos agujerearon mis zapatillas con más o menos suerte, pasando algunas veces entre los dedos o atravesándome la planta de lado a lado.

Ahí tomábamos el sol en un antiguo refugio de la guerra, o pescábamos esquilas en la rampa. Mi abuela tenía una huerta y comíamos prácticamente todo el año de lo que plantaba. En la entrada había una higuera enorme, la más grande que yo he visto, y daba unos higos asombrosos. En la puerta ejerciendo de guarda estaba “Fonso” un hombre increíblemente amable, que había estado en América y me enseñó mis primeras palabras en inglés. En la junta de obras del puerto había otro guarda que le llamábamos “el melonero” porque en su casa plantaba melones y todos los veranos nos regalaba algunos.

Un poco más adelante se ponían “Las ferias” y el circo Atlas con los hermanos Tonetti, en un lugar que llamábamos “la fenómeno” y que sólo los más viejos recuerdan ese nombre. Mi abuela me contó que se llamaba así porque en las casas de pescadores que allí había, vivía una chica que debía de tener alguna deformidad física.

Los prácticos me sacaban en el barco y me llevaban a unas boyas, para mi gigantes, que tenían puertas y se podía uno colar adentro.

Cuando mi abuelo vaciaba el dique, se quedaban toda clase de peces y pulpos y los repartía entre la gente. Una vez se quedó un ollocantaro tan grande que le tuvieron que cocer en la misma palancana de zinc en la que me bañaban. No teníamos bañera. Mi abuela me lavaba con un guante de tela áspera y me sacaba literalmente brillo detrás de las orejas con una pastilla de jabón lagarto. Nunca olvidaré a mi abuela, pero tampoco a su guante. Mi primo que venía todos los años a pasar el verano, puesto que mis tíos eran emigrantes, pescó una esquila azul y se la llevamos al museo oceanográfico, que estaba nada más cruzar la calle, al lado de la fábrica de gas.

Donde están construyendo la duna, teníamos un gallinero, con una docena de gallinas que nos surtían de huevos todo el año. Ahí mismo en las noches de verano echábamos la caña y entraban “panchos”, “julias”, “fanecas” y lubinas. Y ahí mismo nos sentábamos con sillas que sacábamos de casa y veíamos los fuegos artificiales de la bahía.

Mi primo Fernando fue el hermano que nunca tuve y junto a él pasé la infancia perfecta, la infancia de Tom Sawyer y Huckleberry Finn en el Mississippi. Con la particularidad de que nuestro río fue la bahía de Santander, la bahía más bonita del mundo.

Muchas veces me han preguntado de donde soy, y siempre he respondido con orgullo, de Puertochico, del dique de Gamazo. Un lugar que ya sólo existe en nuestra memoria.

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