Ser minusválido en la ciudad inteligente; reciclaje empático

En referencia al acceso al Palacio de la Magdalena

Ser minusválido, añade dificultades a este periplo vital que llamamos existencia. El minusválido tiene que lidiar día a día con las barreras físicas que los diseñadores de nuestro entorno han decidido colocar a modo de carrera de obstáculos en un mundo excluyente y exclusivo en el que las minorías cuentan muy poco. Es fácil imaginar, a nada que te esfuerces, los inconvenientes que acechan la vida de alguien que tenga movilidad reducida, ceguera, sordera o cualquier otro impedimento físico o psíquico que dificulten el uso adecuado de los servicios públicos. De tal manera que un minusválido se lanza a diario a la calle con la incertidumbre que produce no saber con qué nuevo impedimento se encontrará, eso si, acompañado de la resignación adquirida tras años de padecimiento.

Ahora bien, supongamos que en nuestra ciudad inteligente, hemos sido capaces de derribar todas esas barreras y obstáculos que entorpecen, lo que debería ser un derecho natural de las personas a moverse y comunicarse libremente, y que vivimos en un mundo adaptado a las necesidades de todos (se que es mucho suponer, pero intentémoslo). En esta ciudad ideal que acabamos de construir con nuestra poderosa imaginación todo funciona de maravilla, (incluso nadie se extraña de que un ciego con su perro lazarillo esté en un restaurante), hasta que de pronto nos encontramos con el “homo garrulus” imbuido en la paupérrima autoridad que otorga un uniforme, y como por arte de magia construye la mayor de las barreras entre dos seres humanos, y carente de cualquier educación, conocimiento básico de las normas o sencilla empatía, impide que un minusválido acceda a un determinado lugar por el absoluto desconocimiento de las leyes. Apareciendo así la mayor de las barreras sustentada en la ignorancia de quien la construye.

En nuestra ciudad inteligente, esa barrera es muy difícil de derribar. ¿Tendremos que soportar a todos estos mini dictadores ignorantes hasta que se jubilen? O por el contrario ¿habrá que dar un curso de reciclaje empático a los funcionarios públicos para que adquieran conocimientos esenciales en la convivencia diaria y en especial acerca de la relación con la gente minusválida?

En fin, arrieros somos, y en el camino nos encontraremos.

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