El impuesto a la ignorancia

Eso de que la verdad os hará libres, en la actualidad, no es del todo cierto. Las creencias avanzan en el mundo como si fueran una enfermedad contagiosa. Debe de ser por la cantidad de población, y ya sabemos que de todo ha de haber en la viña del señor, así que cuanto más grande es la viña más hay de todo. La gente se parapeta en sus creencias como una tortuga, al ver el peligro, se repliega en su caparazón. Es bueno sin duda que todos tengamos una opinión, creo sinceramente que es saludable, lo que no es tan saludable es que la gente se fabrique sus propios hechos, que los invente, eso se llama fraude. Tenemos derecho e incluso diría que la obligación de poner en duda el mundo que nos rodea. Hay mucho desalmado que nos quiere engañar. Pero cuando nos presenten las evidencias hay que ser honestos y aceptarlas. Hay una lista interminable de creencias (además de las religiosas), como la cura del cáncer con limón, o con arcilla, o con ajo, o lo peligroso que son las vacunas, o el Apocalipsis que provocarán los productos transgénicos.

El 65% de los hogares españoles toman suplementos vitamínicos, casi cien millones de euros pagados de los bolsillos directamente a las arcas de las farmacéuticas y del Estado. Las vitaminas se han introducido en la nutrición y en la cosmética; lacas, champús, quitaesmaltes, cremas antiedad. Y por mucho que la ciencia nos dice que no sirve para nada tomar y consumir todos esos productos, nosotros seguimos aferrados a nuestras creencias particulares. Ginseng, hormonas, cartílago de tiburón, bifidus, y un sin fin de productos hacen que las uñas y el pelo crezcan más fuerte, que la piel se estire y que tu vida sexual no sea deprimente. A esos cien millones de euros que nos gastamos en vitaminas hay que sumarle lo que nos gastamos en homeopatía y otra clase de productos milagro.

Pero si son inocuos ¿por qué criticarlos? solo afecta al bolsillo de cada consumidor que libremente elige tomar esos productos. Hay dos motivos por lo que estoy totalmente en contra:

1º Cuando las creencias suplantan a la ciencia, es muy posible que quien consuma esos productos acabe en un lugar donde realmente no quiere estar.

2º Es un impuesto a la ignorancia.