Mi perro y el alcalde

A veces le recuerdo, su mirada dulce y su disposición inquebrantable a quererme. ¿Qué más se puede esperar de un amigo? Nunca sentí un amor tan grande como el suyo, siempre alerta, protegiéndome, a mi lado, feliz. Nunca se quejaba, por eso cuando murió, algo de mí se fue con él, tal vez el pasado, los recuerdos en su propia memoria, los buenos y malos momentos que vivimos juntos, por eso mientras yo viva, él vivirá. El dolor que me produce añorarle me indica lo importante que fue para mí. Cuando murió, lloré por segunda vez.

     Recuerdo una ocasión que se había ido de casa, y no era como otras veces, tardaba mucho en regresar, nunca abandonaba el hogar más de dos días. Mi padre le trataba como un hijo más, no sabía que había sido adoptado, nunca se lo dijimos, aunque se lo hubiéramos dicho no lo habría entendido. Estoy convencido de que pensaba que era uno más en la familia, solo que un poco diferente. Todos estábamos muy preocupados, así que al tercer día salí en su busca, tuve la sensación de haber reaccionado tarde, pregunté por el vecindario si le habían visto, era muy popular y todo el mundo le conocía, su carácter afable y cariñoso con propios y extraños le habían forjado una fama bien merecida, por eso cuando les preguntaba por su paradero, todo el mundo se extrañaba y compartía mi preocupación. Después de buscar todo el día por los sitios habituales donde solía acudir, incluso en la playa, a donde iba a bañarse los días que hacía calor, acabé exhausto y desesperado, temiéndome lo peor. Como último recurso llamé al centro de detención para saber si se encontraba allí, y un funcionario fronterizo me afirmó con rotundidad que nadie con la descripción que facilitaba se encontraba retenido. Colgué el teléfono y lloré por primera vez. Totalmente abatido regresé a casa con la impotencia en mi rostro y las manos vacías, la sola idea de no volver a verle nos aterraba a todos. Esa noche fue muy larga. Al día siguiente cuando los fantasmas de la oscuridad se difuminan gracias al sol de la mañana, algo en mi interior me dijo que fuera al centro de detención, la voz que me había atendido por teléfono, había sido procesada en mi inconsciente durante el sueño y dedujo que mentía. Cuando me presente en la recepción de aquel infame centro, el funcionario miope que me atendió reiteraba con certeza absoluta que no había nadie con esas características, pero fue tal mi insistencia que me dejó comprobarlo. Así que crucé la puerta que separaba la recepción del local donde se encontraban los detenidos y mi corazón quiso explotar de alegría cuando al fondo, atado a una pared con una cadena, se encontraba abatido, encima de una bola de sebo que le habían dado para que comiera. En cuanto me miró supo que estaba salvado, y yo aliviado e indignado regresé a casa con él.

     Días después cuando volví a presentar sus papeles a la policía, me confesaron que si hubiera llegado dos horas más tarde, le hubieran sacrificado para dar de comer a los leones que el alcalde había traído de África. Mi perro nunca fue consciente de lo cerca que estuvo de la muerte. El alcalde tampoco.

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