Ser invisible

De repente un día te levantas de la cama vas al baño, te miras al espejo y no te ves. Te has vuelto invisible, haces un esfuerzo y tu imagen comienza a emerger pero no te reconoces, te asustas y piensas que el reflejo que acaba de aparecer no eres tú. Estás acangrejado, envejecido, transformado, vuelves a mirar y se confirma. Aunque te conformes con la imagen, intentas rescatar de tu memoria tu verdadera identidad y logras superponerla en el espejo y con ella afrontar el día.

Sales a la calle y la gente no te ve, no te saluda, has dejado de ser interesante, has entrado en la estadística, mediana edad, poco pelo, flacidez, tripa, invisible. Los demás no te miran, ya no hay sex-appeal. Te preguntas ¿cuándo ocurrió? ¿en que momento sucedió todo esto? Buscas remedio urgente, tal vez dieta, recuperar el cabello, estirar la piel, ropa juvenil, incluso te apuntas a un gimnasio. Pero eres de naturaleza perezosa y fracasas en el intento, así que buscas filosofía, aprendes a envejecer con dignidad, a aceptar el paso del tiempo, a asumir lo inexorable. Meditas, entras en contacto con el universo y te fusionas en la unidad cósmica. Sales de tu clase de yoga y vuelves a casa. Entras al baño y ahí está. El puto espejo.

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