El sentido de la vida

¿Cuál es el sentido de nuestra vida? Esta es una pregunta difícil de contestar ya que como muchas otras preguntas puede tener muchas respuestas. Es posible que la vida tenga más de un sentido, a saber: un sentido general para todos, y uno particular para cada individuo. En cuanto al sentido individual, este se encontrará sometido a la regla del sentido general. Analizar el sentido de la vida en cada individuo sería una tarea colosal e inútil, sin embargo sí puedo aventurarme a elucubrar sobre el sentido general de la vida que es sumamente influyente en cada uno de nosotros.

Para mi, el sentido de la vida general no es otro que vivir el presente. Muchos se sentirán decepcionados con esta respuesta, pero iré argumentándola hasta intentar que se cambie de parecer.

Vivir el presente parece una perogrullada, es decir, no hay manera de escapar del presente, así que por mucho que uno se empeñe es irremediable. Sin embargo el presente tiene dos poderosos enemigos que a menudo le incapacitan y le obligan a pasar desapercibido. El pasado y el futuro.

El pasado pesa, determina, condiciona, subyuga,  y en gran manera obliga.

El futuro es la esperanza y esta es la inacción, el futuro esclaviza

PASADO: Es este un pilar fundamental en la tríada temporal, en el se originan las costumbres y las tradiciones, que aunque no en todas, en muchas de las facetas del hombre y la mujer les obligan a actuar condicionándolos de tal manera que les frenan en su desarrollo. En el terreno individual abarcan desde el estudiar determinadas profesiones por que el padre o el abuelo así lo hicieron, vivir en lugares inhóspitos por un cierto respeto a la memoria de los antepasados, y estar condenado a una vida miserable tanto intelectual como física. En cuanto al terreno colectivo local, tradiciones estúpidas y sin sentido que son llevadas a cabo por una inercia histórica y que hacen que uno se encuentre disfrazado de Batman, en febrero, en la calle con un frío que pela o arrojando a una pobre cabra desde el campanario de la iglesia del pueblo porque a un paisano se le ocurrió tamaña salvajada hace 350 años y ya es hábito, o disfrazando a tu hijo de marinero para que coma el cuerpo de dios por primera vez evitando cualquier connotación antropófaga del asunto. Otros terrenos más nacionales involucran al personal a enarbolar banderas y regar con su sangre para defender el pasado en aras del honor y el orgullo patrio, en fronteras situadas a 20.000 kilómetros de su casa o islotes habitados por lagartijas y gaviotas reidoras (que deben de serlo al contemplar nuestros actos) y que casi siempre ocultan pozos de petróleo o explotaciones de minerales preciosos que tú no vas a disfrutar gratis. Y en terrenos extra territoriales que abarcan a varias naciones, obligan a las personas a luchar y defender ideas y dogmas escritos en el pasado en libros sagrados y a quienes animan a morir por ellos, ya que la recompensa que les espera es la vida eterna en lugares paradisíacos. No es fácil tener la suficiente cordura para librarse del pasado torticero, nosotros mismos somos defensores de él, y nos convertimos en nuestros propios enemigos a abatir. Y no hay cosa más difícil que auto abofetearse para despertar de un sueño que se ha convertido en pesadilla.

FUTURO: El futuro es la gran mentira, es la esperanza, es el núcleo principal del procedimiento del sistema  perpetrado en nuestras vidas. Es pura manipulación. El gran fraude construido en base a nada. Si hay algo que no existe es el futuro. Con frases como construir futuro, o pensar en el futuro, o en un futuro próximo, se manipula el presente. Todos hemos oído mil veces a lo largo de nuestra vida la expresión lo último que se pierde es la esperanza o mientras hay vida hay esperanza. El futuro es un espejismo en el desierto, nadie lo conoce ni lo puede predecir, sin embargo el sistema se encarga de gravar el presente con acciones que sucederán o no (¿quién lo sabe?) en el futuro. El sistema es muy astuto, juega con posibilidades, con esperanzas y consigue que trabajes para él, evitando que pienses en el presente y poniendo todas tus neuronas en la nada del futuro, en una hipótesis que es capaz de quitarte el sueño y hacer de ti un ser desgraciado.

Así pues el presente es el constructor del pasado y el devorador del futuro inmediato. Es nuestra auténtica realidad, aquí y ahora. Es nuestra vida, y en la que tenemos que pensar, resolver, construir, respetar, cuidar, es ahora donde debemos de buscar bienestar, justicia y paz. Hay que buscar en el presente el único determinante de nuestros actos, que el pasado no sea el motor de las decisiones que tomo ahora en mi vida, y que el quimérico futuro no influya por tener la condición de inexistente.

Si te liberas en gran medida del pasado y no pones a trabajar en exceso tu imaginación sobre el futuro, además de ser más feliz, darás un sentido real a tu vida.

 

 

Mortadela o jabugo, tú eliges.

By James Milton Tillman

¿Quién puede estar en contra de la integración? Ninguna persona que tenga dos dedos de frente puede dejar de pensar que todos tenemos derechos y obligaciones, y que todos, independientemente de la condición física o psicológica, debemos de tener acceso a una sociedad de bienestar no sólo como agentes pacientes, sino como agentes activos si ese es nuestro deseo. Los españoles, y hablo por mi, tendemos a exagerar las cosas, a extrapolar los sucesos. Tenemos una forma de pensar de tipo “ que pasaría si todos hiciéramos eso”, y ese pensamiento no es nada más que una forma de intolerancia. Cuando alguien piensa que si todos fuéramos gais el mundo se terminaría, detrás no hay otra cosa más que intolerancia. Cuando alguien piensa que si todos los concejales de este país tuvieran el síndrome de Down todo se vendría abajo, detrás solo hay intolerancia. No podemos ser esclavos de las mayorías cuando se puede evitarlo. Donde todo el mundo piensa igual, nadie piensa por si mismo. La individualidad es una característica primordial en nuestra especie. Es lo que te hace ser hetero, gay, tener síndrome de Down o que te guste más la mortadela que el jamón de jabugo. El respeto hacia las minorías es fundamental para nuestra libertad. La felicidad general de un pueblo descansa en la independencia individual de sus habitantes. Y la independencia sólo se consigue a través de la tolerancia. Y la tolerancia se aprende, primero en la familia y más tarde en la escuela.

La buena educación

By James Milton Tillman

Cuando se reunieron en la clase, ese día se propuso un tema para debatir. ¿Qué queréis ser de mayores? Lo que parecía una pregunta simple con una respuesta bastante sencilla se convirtió en el peor día vivido hasta la fecha en la vida de Fritz. Uno a uno fueron respondiendo en lo que parecía un concurso de loros de repetición. Médico, abogado, abogado, médico, futbolista, futbolista, médico. Cuando le tocó a Fritz este respondió con la determinación de quien se sabe poseedor de la verdad, Payaso. Las risas y las burlas de todos sus compañeros no hicieron mucho daño en el pequeño corazón de Fritz. Fue el profesor que tras mofarse de él, le conminó a que abandonara la idea, puesto que un payaso no tenía futuro, iba a ser muy difícil ganarse la vida y además no servía para nada, no tenía utilidad práctica, no aportaba nada a la sociedad. Fritz había colocado su sueño a los pies del profesor y a este no se le ocurrió otra cosa que pisotearlo.

A pesar de la estima que el pequeño Fritz sentía por su maestro, a quien consideraba una de las personas más sabias y respetables del planeta, decidió seguir adelante con su idea y convertirse en payaso.

La verdad es que fueron años duros para Fritz, no ganaba mucho dinero, pero tampoco lo necesitaba. Se conformaba con poco, y en definitiva hacía lo que realmente quería. Se podría decir que Fritz era una persona afortunada.

Lo que más dichoso hacía a Fritz, eran sus visitas a la unidad de oncología infantil. Allí desplegaba toda su creatividad, entre globos, muecas y caramelos, llevaba momentos inolvidables de felicidad a quien más lo necesitaba.

Un día estaba echándose unas risas con una niñita que no le quitaba ojo, que seguía todos sus movimientos con una sonrisa de oreja a oreja, cuando de repente la niña exclamó, ¡Abuelo!, y una figura apareció detrás de Fritz, acercándose apresuradamente a abrazarla.

Fritz le reconoció enseguida, era el viejo profesor. Por un momento los dos se miraron. El maestro no supo quien era Fritz oculto tras su maquillaje de payaso, y abrazando a su nieta le dijo ¡gracias!

– Soy yo, ¿no me reconoce?, soy Fritz, su alumno.

Los dos se miraron a los ojos, y no hubo palabras. Sólo silencio y recuerdos.

En ese momento Fritz apretó la perilla de agua que conectaba con la flor de su ojal y un largo y prolongado chorro empapó la cara del viejo profesor, eso evitó que su nieta viera las lágrimas en su rostro y de paso le provocó una carcajada.

 Fue el mejor día vivido hasta la fecha en la vida de Fritz. Para el maestro creo que no tanto.

Bueno, yo no quiero ser un hombre rico,mamá no quiero llorar
Bueno, yo no quiero ser un hombre pobre,mamá no quiero volar
Bueno, yo no quiero ser un abogado,mamá yo no quiero mentir
Bueno, yo no quiero ser un soldado mamá, no quiero  morir   (John Lennon)

charlie rivel

El general japonés

By James Milton Tillman

El general japonés vivía con sus tres hijos. Para implementar la férrea disciplina que suministraba a su familia, había contratado a un chino. De esta manera cada vez que se veía obligado a castigar a uno de sus hijos, quien ejecutaba el castigo era el chino, de esta forma su educación era doble, la de moldear la voluntad de sus vástagos y la de inculcar odio hacia un enemigo histórico, China.

Cuando se desató la guerra entre Japón y China en 1937, movilizaron a su hijo mayor y le llevaron al frente, a la trinchera de primera línea. Tras años de recibir estacazos del instructor chino, todo su odio le dejó paralizado, no se podía mover, ni siquiera tuvo el valor para apretar el gatillo de su fusil, atrofiado por el temor, allí dejó su vida.

Al general le enviaron una carta de condolencia.

Pronto se vio movilizado su segundo hijo, y al igual que su hermano mayor, se ofreció voluntario en las misiones más arriesgadas, vadeando los agujeros de los obuses enemigos y trasegando hombres de trinchera en trinchera, con el único propósito de acabar de una vez por todas con un enemigo que había estado presente a lo largo de su vida. Al poco murió.

Al general le enviaron una carta de condolencia.

El más pequeño, pronto se vio en la trinchera donde sus dos hermanos habían dejado su vida, esperando tener la oportunidad de vengar no solo su muerte, también toda una vida de sufrimientos. Una noche, observando la luna por encima de las alambradas, aparcó el odio que le nublaba el entendimiento y se dio cuenta de que quien daba las ordenes de castigo era su propio padre.  Al poco Japón se rindió.

Al general le enviaron una carta de condolencia.

Años después el hijo pequeño se encontró de nuevo con su padre.

– Hijo mío durante todos estos años pensé que habías muerto con honor en el campo de batalla. Ahora mi corazón está alegre por tu regreso.

– Padre, gracias a todo lo que me enseñaste salvé mi vida, me di cuenta de que toda mi existencia no era sino el fracaso de la tuya, recordé cada uno de los golpes que ordenaste contra mi y mis hermanos, deserté, abandoné y ahora estoy vivo. Solo he venido a decirte, que tengo una familia, y un mundo nuevo, donde tus antiguas leyes no sirven y que jamás conocerás. No hay honor en la muerte.

Su padre afligido terminó sus días en soledad. Al poco murió.

Al hijo le enviaron una carta de condolencia. Ni siquiera la abrió, la tiró a la basura.

trinchera japonesa

El arte, Lichtenstein y Newman

Decía un amigo el otro día que para él, el arte era algo aséptico, y que en la contemplación de arte no se involucraba personalmente. Tenía una barrera mental en la que nada le afectaba. Es una de las conclusiones más aberrantes que he oído en mi vida.

Entiendo el arte básicamente como un acto de comunicación, en la que intervienen el emisor (artista) el medio (disciplina artística) y el receptor (que es quién observa la obra).

En el arte me declaro totalmente escéptico, en el sentido filosófico. Los escépticos tenían como premisa lo que ellos llamaban la suspensión del juicio. No emitían juicios, solo opiniones. Para el escéptico no hace frío, se siente frío.

Es comprensible que desde mi concepto de arte como una pura comunicación, se desprenda la suspensión del juicio, ya que en la comunicación, si eres coherente, no se puede juzgar el mensaje, solo recibirlo.

Ahora bien, que no juzgue no significa que no sienta. Y es esa capacidad que tiene el arte de estimular sentimientos lo que causa mi admiración, y que algunos artistas consigan comunicarse conmigo a través de sus actos, ya sea música, pintura, o cualquier intención de relación en sentido artístico, es en cierto modo, un factor diferenciador fundamental del resto de los seres vivos que pueblan este planeta, que nos otorga la responsabilidad de comprometernos con su cuidado. De este modo llegamos a la supervivencia a través del arte. La verdad es que desde que he adoptado esta postura escéptica en referencia al arte, soy bastante más feliz. Y esta felicidad me está empujando a adoptar la misma postura en otros aspectos de la vida. Además concuerda muy bien con mi pensamiento antidogmático.

Otra cosa bien distinta es poner precio al arte. Como tantas otras cosas de nuestra sociedad, el dinero ha sido capaz de ofrecernos situaciones en relación al tráfico de obras que nos han dejado con la boca abierta. Observando como está la población en el planeta, sin querer ser demagógico, destinar ingentes cantidades de dinero al tráfico de arte es cuanto menos, inapropiado.

Se acaban de vender dos obras de unos artistas, el primero es de Lichtenstein “Mujer con sombrero de flores”, una interpretación que el autor hizo del retrato de Picasso de Dora Marr. Lo han vendido en 56,1 millones de dólares. El otro es “Onement VI” de Barnett Newman que lo han dado el pase por 43,8 millones de dólares.

Imagen

Imagen

Sinceramente, y sin emitir juicio alguno, no entablo comunicación con estas obras.

El arte de defender lo indefendible I (El foie)

By James Milton Tillman

La drapetomanía se definió como una enfermedad propia de los esclavos negros que se manifestaba como una tendencia irrefrenable a tratar de escapar de sus dueños. Samuel A. Cartwright el médico lumbreras que se dio cuenta de la existencia de tal enfermedad advirtió: “Con las ventajas de un consejo médico adecuado, si se sigue estrictamente, este comportamiento problemático de escaparse que presentan muchos negros puede prevenirse por completo” como vemos intentar defender lo indefendible no es un asunto nuevo.

En esta vida uno puede tomar partido por lo que más le apetezca, he observado que no solamente es exclusivo de los políticos la capacidad de poder defender cualquier postura, ¿quién no se ha sentado delante de un televisor a escuchar una tertulia política y tras prestar atención a alguno de los participantes y convencerte con sus argumentos le ha seguido en su intervención otro de signo contrario que al poco te ha hecho tambalear de lo que un minuto antes dabas por seguro e inamovible?

No solo los políticos tienen esta habilidad, también los científicos, mentes entrenadas de gran cociente intelectual y de prestigio intachable nos hacen partícipes de posturas absolutamente contrarias con argumentos irrefutables. Este sutil y refinado arte de confundir al personal es muy útil y sirve para que, quien lo sabe utilizar, afiance su postura en postulados que los demás le atribuyen por pertenecer a determinado grupo. Así por ejemplo personas brillantes que están en determinadas ideologías son esclavos de los dogmas que se les atribuyen, y tienen que subyugar su pensamiento si quieren permanecer en ese grupo. En líneas generales, no puedes ser de izquierdas y estar en contra del aborto o de derechas y a favor, por ejemplo.

Por otra parte, uno no puede tener criterio a cerca de todo, y de vez en cuando te ves en situaciones improvisadas defendiendo actitudes que simplemente por oposición al contertulio que tienes en frente, eres capaz de argumentar al menos con la misma solidez que tu rival, aunque más tarde te convenzas de que lo que has dicho no es lo que realmente te gustaría pensar. Así llegamos al tema que nos ocupa, el arte de defender lo indefendible. Es este un tema muy peliagudo, puesto que si adoptas una determinada postura, se exige que la extrapoles a todo lo que te rodea. Si dices que no al maltrato animal en determinados festejos, enseguida la otra postura te arroja hacia las granjas de pollos, vacas y cerdos utilizados para la comida humana, lo que te obliga a admitir un doble rasero en tu pensamiento, quedándote como única alternativa convertirte en vegano y entonces serán los científicos carnívoros los que se encargarán de aportar argumentos con los que derrumbar las solidas defensas de aquellos que defienden una vida sin sufrimiento.

Que el ser humano es omnívoro, es un hecho. Que el ser humano es capaz de evitar la ingesta de carne, es otro hecho. Doscientos mil años comiendo carne y sacrificando animales no se apartan tan fácilmente de nuestro camino, pero hay algo de irracional en obtener placer a cambio del sufrimiento gratuito de los demás, pero basta de palabreo y vayamos al grano.

A mucha gente le gusta el foie de pato, yo estoy entre ellos, pero saber cómo se produce me ha convencido para sacrificar mi paladar en pos de una vida mejor para ellos (los patos). Al fin y al cabo no solo de pan vive el hombre, y cuando vas a la cama a dormir, a poco reflexivo que seas, se aparece Pepito Grillo y comienza a revolver en tu cerebro con la delicadeza de un erizo en una fiesta de globos. Se fuerza al animal (al pato) a comer varias veces al día, introduciéndole un tubo metálico de 20 a 30 cm por la boca hasta el estómago, lo que le produce una esteatósis hepática, (inflamación del hígado), que es lo que luego nosotros nos comemos. Describir con pelos y señales la vida de un pato dedicado a la producción de fuagrás sería bastante desagradable, y no es este mi propósito, el que quiera saber el sufrimiento real de estos animales, lo tiene muy fácil. Está claro que podemos mirar hacia otro lado, echar mano de la tradición, de la economía (miles de puestos de trabajos que produce esta industria), o del placer que nos provoca su consumo, para así justificar su existencia. Pero el ser humano está llegando a un punto de su evolución que supera comportamientos de instinto animal y comienza a exigir de una forma generalizada, si al menos no se puede impedir el sacrificio, evitar el sufrimiento.

Comenzar a hablar de ética de los alimentos, principalmente en la escuela, nos vendría muy bien sobre todo para construir una sociedad más justa e igualitaria.

La religión judía lleva aplicando su ética de los alimentos, que ellos llaman cashrut, hace miles de años, que no es otra cosa que una serie de preceptos derivados de la Torá y siempre en concordancia con los criterios bíblicos recogidos en el libro del pentateuco llamado Levítico. La etiqueta Casher es como una especie de marca que define exactamente al producto como respetuoso con los preceptos de la religión judía. No voy a entrar a analizar lo que los judíos pueden comer o no, pero sí me interesa un apartado dentro de todo este procedimiento que es importante y referente al sufrimiento de los animales al ser sacrificados para su consumo. Estos deben de ser muertos por el shojet que debe de utilizar cuchillos debidamente afilados y aplicar un corte perfecto en el cuello con el propósito de que el animal padezca lo menos posible.

En definitiva hay algo malvado en la producción de foie, que entra en contradicción con lo sabroso que está, y que deberíamos sopesar en nuestra balanza de la ética (cada uno tenemos la nuestra) y que en mi caso hace que ésta se incline hacia el no consumo, no sólo de foie, sino de productos obtenidos con métodos de producción que rayan el sadismo, abogando claramente por leyes que limiten el sufrimiento que se puede infligir a un ser vivo con sistema nervioso, sobre todo cuando la tortura está dirigida exclusivamente para satisfacer un paladar sibarita.

Mañana hablaremos de los toros.