Las comparaciones son odiosas. Felipe VI y Amadeo de Saboya.

La muerte sin sucesión de Carlos II (el hechizado), propició el cambio de rumbo en la monarquía española, entrando los Borbones a reinar España hasta hoy. Detrás de Carlos II llegó Felipe V, y con él vino la guerra de sucesión que ganó, favoreciendo su estadía en el trono por 45 años y tres días, un período interrumpido solo por el breve reinado de su hijo Luis I que murió de viruela. Tras la muerte de Felipe V le sucedió su otro hijo Fernando VI que como no tuvo descendencia, tuvieron que llamar a un medio hermano Borbón llamado Carlos III para que ocupase el trono. Dicen las crónicas que este lo hizo muy bien y tuvo un hijo con María Amalia de Sajonia a quien le nombrarían Carlos IV, quien a su vez tuvo la mala idea de engendrar a Fernando VII (el rey felón) que fue rey de España durante veinticuatro horribles años salvo tres  y medio que estuvo José Bonaparte. Fernando VII cambió las leyes para que su hija Isabel II pudiera reinar, y se armó la marimorena, ya que algunos no quisieron acatarla. Pasado el mal trago y asentada de nuevo la monarquía borbónica, aunque cediendo bastante poder al parlamento, y por eso de que de casta le viene al galgo, Isabel quería más poder, llegando incluso a postularse para presidente. La reina Isabel, no pudo acabar su reinado y se exilió en París, muriendo a los 73 años, no sin antes abdicar en su hijo, quien fuera más tarde Alfonso XII. Pero antes de que esto sucediera, el parlamento español nombró un rey que encajara en la España de monarquía constitucional y lo encontraron en la figura de Amadeo de Saboya, que fue a la sazón el primer rey elegido por un parlamento en España. Las votaciones de los diputados fueron las siguientes:

191 a favor de Amadeo

60 a favor de la República

27 por el duque de Montpensier

8 por el general Espartero

2 por la República unitaria

2 por Alfonso de Borbón (Alfonso XII)

1 por una República indefinida

1 por la duquesa de Montpensier (hermana de Isabel II)

19 votos en blanco

Amadeo duró como rey dos años y tres meses, nadie le quería, renunció a la corona e igual que vino se fue, y se instauró la 1ª República.

144 años después, se va a votar en el Congreso de los diputados la aceptación de la abdicación de Juan Carlos I  y como consecuencia, en caso de ratificación aplicando la Constitución, al nuevo rey de España Felipe VI, ¿Qué pasará?  “Chi lo sa?” que dicen los italianos.

 

Quien salva una vida, salva el mundo ¿Por qué hay que lavarse las manos?

Y no me refiero en plan Poncio Pilatos.

     Ignacio Felipe Semmelweis  estudió en el  Gimnasio Católico de Buda, y no es que fuera budista, sino que nació en Buda en la orilla derecha del río Danubio, que más tarde se uniría a la ciudad situada en el margen izquierdo, Pest, formando la capital de Hungría, Budapest desde el año 1873. Tampoco es que estudiara haciendo gimnasia, rodeado de pesas y mancuernas, sino que la palabra gimnasio tiene un significado ya en desuso de lugar destinado a la enseñanza pública. Este hombre fue capaz de disminuir la mortalidad entre las mujeres que daban a luz simplemente invitando a los médicos que atendían los partos a que se lavaran las manos antes de atender a sus pacientes, con una solución de cal clorurada.

     Sus colegas no se tomaron muy en serio su propuesta y en 1846 le expulsaron del hospital donde trabajaba tras haber instalado un lavabo a la entrada de la sala de partos para que los médicos y estudiantes que acudían hicieran lo propio.

     En 1854, es nombrado profesor de la Maternidad del clínico de la Universidad de Pest, y a partir de ese momento desaparece la mortalidad por sepsis puerperal (solo en ese hospital). Publica una carta en la que tilda de asesinos a los médicos que no toman las medidas adecuadas antes de los partos y a partir de ese momento comienza un declive intelectual que le lleva a su internamiento en un asilo mental.

     Transcurren unos meses y le dan el alta, momento que aprovecha para entrar en el pabellón de anatomía donde, delante de los alumnos, abrió un cadáver y con el mismo bisturí se provocó una herida que le produjo una infección que le llevó a la muerte el trece de agosto de 1865 a la edad de 47 años, demostrando de esa manera tan contundente que él tenía razón. Gracias a ese acto heróico miles, por no decir millones de vidas se salvaron, ya sabéis  “Quien salva una vida, salva el mundo

1632

Ignacio Felipe, un gran tipo

 

Volver del infierno

     El 13 de abril de 1737, Händel se desplomó en su habitación ocasionando un ruido que alertó a su criado. Cuando  este, junto al doctor Jenkins, acudió en su auxilio encontró el cuerpo del maestro tendido en el suelo. Había sufrido un derrame cerebral. Tenía cincuenta y dos años.

Como marcaba el protocolo, el doctor le hizo una sangría y se dispuso a marcharse para su casa cuando Händel balbuceó unas palabras.

“Todo se acabó para mí”

    El doctor comprobó que su lado derecho estaba paralizado y el criado le preguntó: ¿Se curará? A lo que el galeno respondió “Si ocurre un milagro…puede que sí, quizás podamos conservar al hombre, pero al músico lo hemos perdido”.

Tras cuatro meses de convalecencia y en vista de que no experimentaba ninguna mejoría, decidieron enviarle a un balneario en Aquisgrán.

     Los médicos le advirtieron que si permanecía más de tres horas diarias en el agua caliente, moriría de un ataque al corazón. Pero el obstinado Händel hizo caso omiso de las advertencias y permaneció jornadas de nueve horas haciendo ejercicio. A la semana comenzó a andar, a los quince días ya movía el brazo. Al poco se hizo dueño de su cuerpo recuperando toda la movilidad. El último día en el balneario, aunque nunca había sido demasiado religioso, se detuvo en una iglesia y se acercó al órgano. Con cierta prudencia situó su brazo derecho encima de las teclas y el milagro se produjo. El músico también había regresado.

     Cuando se encontró de nuevo con el doctor Jenkins en Londres, le dijo: “He vuelto del infierno”.

     Con fuerzas renovadas, compuso una ópera y otra y otra más. Los grandes oratorios Saúl, Israel en Egipto y el Allegro e Pensieroso.

     Tras un período de fertilidad compositora aparece una crisis económica que le deja en la bancarrota. Le acosan los acreedores, se mofan los críticos y el público le olvida. Entra en una depresión que le hace añorar los tiempos del balneario cuando estaba inmovilizado. Tiene que regresar de noche a su casa porque los fiadores le esperan en la puerta.

     Una noche cuando regresó a su habitación se encontró con una carta del escritor Jennens, el mismo que había escrito Saúl e Israel en Egipto, en la que le proponía que compusiera la música para un nuevo poema que había creado. Händel furioso lo tiró al suelo y lo pisoteó. Su inspiración estaba acabada, Dios le había abandonado. ¿Por qué se burlaban de él? Esa misma noche sin poder dormir, se levantó y recogió del suelo el libreto, en la primera página leyó El Mesías. La primera palabra decía Consolaos. De pronto un rayo de inspiración divina le fulminó y la creación artística retornó a su persona, durante tres semanas  se sucedieron las notas, y fueron apareciendo el Gloria a Dios, el Aleluya y el Amén. Cuando terminó cayó en un profundo sueño que duró treinta y seis horas. Al despertar pidió un jamón de Yorkshire y cuatro pintas de cerveza.

     El 7 de abril de 1742, se estrenó El Mesías, todas las personas que estaban presentes, abrumadas por el poder de la música, se abrazaron temerosas las unas a las otras. En el momento que comenzó a sonar el Aleluya todos se pusieron de pie. Esas notas sólo podían venir de Dios.

Händel jamás cobró por su composición. No podía hacerlo, El Mesías le había devuelto a la vida.

Hasta el final de sus días nunca más temió al infortunio.

http://iesemperadorcarlos.centros.educa.jcyl.es/sitio/upload/Ej_Trab_Pendientes_Haendel.pdf

El español disecado

Al parecer en la localidad francesa de Montbrison, hay un museo denominado D´Allard en honor a su fundador, un ilustre acaudalado de la época llamado Jean-Baptiste d´Allard. Este, a principios del siglo XIX, decidió construirse un palacete en su pueblo y contrató a un español que pasaba por allí, probablemente como resultado de las guerras napoleónicas. El español aceptó encantado y rápidamente se subió al andamio, con tan mala suerte que se cayó y se quedó muerto. El francés, con eso de que África empezaba en los Pirineos, decidió encargar a un famoso taxidermista parisino la labor de disecarle para unirlo a su colección de cosas curiosas para mostrar a sus visitas (osos, jirafas, leones, etc…).( Lo que no sabemos es si envió el cadáver a Paris o se trasladó el operario a Montbrison). Y así pasaron los años y el españolito ha permanecido expuesto hasta hace bien poco como una curiosidad prototípica de etnia hispánica.

Ahora bien ¿cómo han llegado a la conclusión los franceses de que el buen hombre es español? Todos sabemos que la policía francesa es del tipo “aquí hay colillas, han fumado” Pues bien, observando la fotografía del finado obtienen claramente que es español por los siguientes puntos:

1º Se parece a Torrente con toques de José Luis López Vázquez.

2º No sabe hacerse el nudo de la corbata (esta es una prueba casi contundente, todo buen español hace el nudo de la corbata de su cuñado pero no el suyo)

3º Tiene manchas de comida en la camisa.

4º No se lava los dientes.

5º Tiene bigote, es bajito y usa chaqueta de pana.

6º Definitivamente es español porque somos los únicos seres capaces de dormirnos con los ojos abiertos.

Queda por conocer el destino de este buen hombre que ha mostrado durante siglo y medio las cualidades de nuestra raza con dignidad insepulta. Lo que no se sabe muy bien es porqué no le han repatriado y enterrado, si debido a que no es negro o a que no encuentran a la Madre Patria. En fin c´est la vie que dicen los franceses.

El compatriota

¿Por qué los franceses comen patatas?

Antoine Parmentier (1737-1813) quien fuera  farmacéutico del Hospital de los Inválidos, situado en Paris, había sido apresado por los prusianos en lo que se llamó la guerra de los siete años, y allí se vio obligado a comer cualquier cosa que se movía, hasta que se acabó el meneo y no le quedó más remedio que comer patatas. Por aquella época existía la creencia, en el norte de Europa, de que la patata transmitía múltiples enfermedades, sobre todo la lepra. Así que no es de extrañar que años más tarde al finalizar la guerra, cuando la Academia Besançon propuso un premio sustancioso a quien descubriese algún producto alternativo en caso de hambruna, que pudiera sustituir a los que estaban en uso, Parmentier presentara una memoria donde destacaba sus experiencias personales y las virtudes del solanum tuberosum, es decir, la patata. La famosa academia le concedió el premio, y el expediente pasó a la facultad de medicina de Paris, que tras largos debates declaró que la patata era comestible. Al lado del hospital, el rey Luis XVI, le había permitido cultivar unos terrenos para experimentar con la papa, pero las monjitas de los inválidos, que no se acababan de creer que las patatas no transmitían enfermedades y que eran más bien un producto diabólico, consiguieron echarlo. Suprimieron de un plumazo su puesto de farmacéutico mayor y lo jubilaron con una buena pensión.

Parmentier que gozaba de la obstinación del que se sabe poseedor de la verdad, advirtió que no bastaba con que el mundo científico concediera parabienes al producto, sino que además debía de convencer a la población de que su consumo no era dañino. Para lo cual desarrolló una campaña de marketing que en la actualidad se sigue utilizando con mucho éxito. Conocedor de la psicología del ser humano, intuyó que este deseaba lo que no podía conseguir. Su lucha se desplegó en dos frentes, por una parte la promoción entre la alta sociedad organizando cenas en las que el plato fuerte consistía en patatas, con invitados tan ilustres como Benjamín Franklin y Lavoisier e incluso María Antonieta; por otro, desplegó una estrategia más directa, de nuevo gracias a la colaboración del rey Luis XVI, cultivando unos terrenos a las afueras de Paris: cuando las plantas estaban a punto de dar sus frutos, apostaba durante el día a una guarnición de hombres armados hasta los dientes, y por la noche les enviaba a casa, dejando desprotegido el campo. La población de Paris se preguntaba que tesoro podía haber tan valioso escondido en la tierra, y aprovechaba la noche para atacar la fortaleza desguarnecida, llevándose todas las patatas que podía cargar. De esta manera Parmentier consiguió que el solanum tuberosum se extendiera por toda Francia. Este bonito relato nos da a conocer la capacidad que tienen los franceses de elaborar un buen marketing. En realidad la introducción de la patata en Europa fue uno de los acontecimientos más importantes de la historia. Pero en su momento cuando se produjo, el hecho pasó desapercibido. Es muy posible y más que probable, que la patata entrara a Europa por Sevilla entre el año 1570 y el 1573, y su consumo en España fuera admitido mucho antes de que los franceses necesitaran a Parmentier, seguramente porque en España había más hambre.

 

 

monjas

Las monjas que echaron a Parmentier no tenían rifles pero sí un carácter parecido a estas.

Cómo no hay que embalsamar a un Papa

Pío XII fue un ferviente anticomunista, y famoso por sus concordatos con diferentes gobiernos fascistas, en todo caso una figura muy controvertida, que ha provocado y sin duda provocará ríos de tinta en las futuras generaciones, tanto en sus seguidores, apologístas o detractores.

     A su vez, él mismo sin quererlo se convirtió en la prueba de que la realidad supera la ficción. Murió el 9 de octubre de 1958, y dejó dicho a sus más allegados que no quería que le extrajeran los órganos internos para momificarle. Así que su médico, el doctor Ricardo Galeazzi-Lisi, mandó llamar al doctor Oreste Nuzzi. Los dos dieron una rueda de prensa, que en España fue publicada en el diario ABC el domingo 12 de octubre de 1958, en la que manifestaban que el método de embalsamamiento que se iba a realizar en el cuerpo del Santo Padre iba a permitir “que se conservara en un estado natural de frescura y blandura indefinidamente”. Al parecer el Dr. Oreste había rescatado la técnica realizada a Jesucristo, tras años de estudios, y por fin se la iban a aplicar a un Papa. El procedimiento, según explicaba el propio doctor, estaba basado en la osmosis de una serie de perfumes y líquidos aromáticos que eran absorbidos por la piel, lo cual permitía no hacer incisiones en el cadáver ni utilizar inyecciones.

     Cada vez que se aplicaban los perfumes y líquidos, el augusto cuerpo era envuelto en una bolsa de celofán, para que absorbiera mejor los vapores aromáticos. Ambos doctores trabajaron durante dos días. En ese tiempo una ola de calor azotó el otoño de Castel Gandolfo y el ambiente se hizo insoportable. Los guardias suizos que velaban al pontífice, resistieron estoicamente un hedor nauseabundo que invadía toda la habitación, algunos enfermaron, así que decidieron relevarse en períodos cortos de tiempo. El rostro de su santidad se volvió gris y líquidos negros comenzaron a brotar de los orificios de la cara, sobre todo de la boca. El once de octubre por la tarde el cuerpo al fin fue trasladado, en una caja de ciprés, desde Castel Gandolfo al Vaticano, para exponerlo en San Pedro. Por el camino cuando la carroza hizo un alto en la Basílica Laterana para el primer rito funerario, una explosión se oyó proveniente del féretro, los gases de la fermentación producidos en el tórax del pontífice habían hecho estallar el ataúd, provocando su apertura. Con rapidez, el olor se expandió por los alrededores y tuvieron que arrear a los caballos de la carroza, acelerando el acto y reduciéndolo a su mínima expresión. Cuando llegaron a la Basílica, se encerraron en ella y se quedaron los dos médicos intentando disimular el avanzado estado de descomposición del Papa; la nariz se le había caído y los músculos de la cara se habían retraído, dejando a la vista unos dientes que le daban un aire como de hiena sonriente.

     Después de estar toda la noche trabajando, por la mañana abrieron las puertas y el pontífice quedo expuesto a sus fieles sobre un pedestal de dos metros de alto para impedir su visión directa. A lo largo del día el olor fue insoportable y su rostro cambió de tono, pasando de un gris ceniza a un verde oliva. Ante la gravedad de la situación, resolvieron llamar a auténticos especialistas en momificación y estos decidieron que no había remedio, así que determinaron colocarle una máscara de su rostro elaborada en cera. Cerraron el ataúd, y lo metieron dentro de uno más grande fabricado en plomo y lo sellaron. Lo bajaron a las grutas subterráneas de la Basílica de San Pedro y lo enterraron. Hasta hoy.

 

pio XII

Pio XII en su lecho de muerte, fotos tomadas por su médico particular y vendidas a Paris Match