La conjura de los necios

By James Milton Tillman

Es Ignatius Reilly un personaje que no deja indiferente a quien se acerca a él. El autor de “La conjura de los necios” John Kennedy Tool, traza magistralmente con su pluma unos caracteres universales inequívocos. A algunos les puede parecer un ser egoísta, cruel con una moral medieval, y a otros les puede despertar sentimientos de tristeza, o ternura. Hay quien ve miedo en su manera de enfrentarse a la vida y otros un vengador social que enarbola las causas perdidas de los descamisados del mundo.

Para entender la obra, tal vez sea necesario conocer al autor. John Kennedy proyecta sus propias vivencias en Ignatius, llegando a tal punto que al final de su vida, antes de suicidarse, actuaba como él. La historia tiene una vis cómica, que es la mejor manera de meterse con el personal. Al bufón siempre se le permite la burla. Una crítica feroz de todo y hacia todos, convierten la obra en una guía de viaje de la Louisiana de los años 60 y por ende de casi toda la sociedad americana.

Las lecturas del libro alcanzan dimensiones infinitas, tantas como lectores. Es una obra magistral en la que siempre hay un momento, cuando no de identificación, al menos de complicidad hacia unos personajes que cautivan.

Junto a él, aparecen un policía obligado a disfrazarse con las prendas más inverosímiles, una madre con una deuda que la aboca a un matrimonio sexagenario, un viejo que ve comunistas por todos los lados, una vecina chismosa, un negro que trabaja por debajo del salario mínimo para no ir a la cárcel, un propietario de una fábrica con su mujer, herederos de un negocio que detestan, y la inefable Trixie una empleada octogenaria que desea jubilarse y que no lo consigue al ser víctima de una caridad mal entendida. Como contrapunto a Ignatius una mujer, Minkoff, (el nombre suena a Mein Kampf) a la que desea superar a cualquier precio. Un hilo conductor de la trama que no es otro que el propio Ignatius y las situaciones catastróficas que provoca con sus descabelladas ideas, y que paradójicamente mejoran la vida a todo el mundo que le rodea.

En fin una obra de arte, muy pensada, muy bien escrita que en su día abrió los ojos a muchos escritores y que todo el mundo debería leer. Lástima que su autor pusiera fin a su vida tan prematuramente, estoy seguro de que, si no lo hubiera hecho, nos habría regalado una saga de un personaje que a pesar de todo es entrañable.

El caballo amarillo de Boris Savinkov

By James Milton Tillman

En nuestra tertulia literaria de los viernes en el café Ópera, hemos tratado de un libro ya legendario, y tristemente actual    “ El caballo amarillo”, escrito en Paris en 1909. Su autor Boris Savinkov, además de ser escritor, era un terrorista con una concepción del mundo nihilista, es decir, en la vida del hombre no existe un plan más allá, ni un propósito establecido por ningún ser supremo. Unos personajes muy bien definidos, con muy pocas palabras, sitúan al lector en un contexto histórico, en el que los caracteres de los propios actores de la historia son parte fundamental de la trama. El estilo de diario en la narración le da verosimilitud al relato, agilidad y cierto suspense. En un segundo plano aparece una historia de amor del propio terrorista que termina, de la única forma que puede terminar para un asesino, un amor no correspondido en la manera deseada por una mente tan extrema en su concepción de la vida.

Veamos una muestra de como Boris Savinkov describe  un personaje, en este caso Andrei Petrovich, el ideólogo del grupo terrorista:

 Andrei Petrovich ha venido a vernos desde San Petersburgo. Es un miembro del comité. Tiene a sus espaldas muchos años de prisión en Siberia: la dura vida de un revolucionario convencido. Tiene los ojos tristes y una barba gris y afilada. Nos sentamos en el restaurante Hermitage. Habla con cierta timidez.”

 En cuanto a la actualidad del libro el propio personaje Andrei Petrovich propone:

 ¿Cómo combinar el terrorismo con el trabajo parlamentario? O bien reconocemos el parlamento, y nos presentamos a las elecciones de la Duma, o bien no admitimos la constitución y entonces, por supuesto, debemos proseguir con la campaña.

 Las connotaciones religiosas de uno de los terroristas, en concreto Vania, nos sugiere una lectura más allá de sus propias palabras donde  expresa ideas que subyacen en algunos comportamientos de iglesias cristianas y musulmanas. Recordemos en la historia del cristianismo que el matar en nombre de Dios estaba de moda. Ahora lo está en nombre de Alá.

VANIA : Escucha: la cadena no puede romperse. No tengo forma de escaparme, no puedo salir. Salgo a matar, pero creo en el Verbo, y me arrodillo ante Cristo. Sufro, sufro tanto…

 En cuanto al amor nos encontramos ante el único capaz de doblegar la actitud destructora del propio terrorista, donde su amada Yelena se va a manifestar como más radical en la extraña relación que han establecido los dos amantes. El terrorista sin Dios, se arrodilla ante una nueva forma de alienación, el amor:

 —Las aguas de una inundación no pueden llevarse consigo el amor, y los ríos no pueden arrastrarlo hasta el mar, pues el amor es tan fuerte como la muerte. Yelena, di una palabra y lo dejaré todo. Abandonaré la revolución, abandonaré el terrorismo. Me convertiré en tu esclavo.

 En definitiva un libro muy interesante, un autor más interesante que el libro, y unos temas en los que el lector sagaz encontrará un pozo sin fondo para la discusión filosófica, dinámica y actual de asuntos prácticamente constantes en la peripecia vital del ser humano.

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La muerte

By James Milton Tillman

Imperturbable es el ser que camina con nosotros. Abriéndose paso entre las sombras del ayer. Recoge los suspiros del llanto que provoca su sola presencia y el racimo de lágrimas que lava los rostros con sal, donde las grietas del tiempo hunden sus huellas alejando toda esperanza y promesas del mañana.  Deambula insomne en las tinieblas y ante la luz clara de tu rostro. Derriba sonrisas levantadas en defensa de nuestra vida, y las convierte en hojas secas y dormidas, esperando en vano la resurrección de la savia. Transforma lo que parece en lo que tiene que ser y devuelve, arrogante, a los hijos del lodo a la tierra yerma. Masculla palabras que retumban en una pared hueca que cimbrea en los tímpanos de un reloj ya sin agujas. Terrible existencia sin tiempo. Y tú con ese equipaje pesado tan inútil e inevitable, a su lado, viéndola actuar, conquistar y desarmar cada una de las piezas ensambladas con el poder frágil de una primavera sin verano, donde los proyectos yacen muertos como los hijos abandonados bajo la helada blanca de una indolencia vital. Se pasea sin vergüenza delante de sabios y necios, y arrebata los tesoros más ocultos ante el examen incrédulo de quien en su presencia mira hacia otro lado, llorando la imposibilidad de una cura, ni siquiera pasajera. Sonríe cínicamente y celebra los lamentos y sollozos de gargantas mudas de dolor, que pretenden prorrogar la inevitable llegada de la inexistencia, con sobornos y pactos ineficaces que terminan en fraude. ¡Maldita razón que provoca el intento ridículo de un acuerdo con quien no se puede tratar!

Sólo hay un bálsamo para la muerte, el recuerdo. Sin embargo, el recuerdo es un enviado, un corredor a quien el tiempo termina atrapando como lo hace el cazador con su presa sin esperanza, a quien se le sale el corazón por la boca, sin comprender nada de lo que sucede, de esta manera le anula y le vence, diluyéndolo poco a poco como una ponzoña ácida que corroe la materia y la reduce a olvido.

Por eso la muerte es renovación, termina ciclos, rompe lazos, abandona viejas maletas cargadas de ropa sucia y raída que no sirve más que para remiendos.  Aceptarla como natural es vivir mejor. El recuerdo es adictivo, peligroso si se torna obsesivo, esclaviza, ata y lastra tu vida como una condena. El recuerdo puede ser un remedio pasajero o un veneno permanente, te puede aliviar el dolor o matar. Es un salitre a quien no se puede vencer. Sólo la intuición de quien no ve con los ojos pero sí con el corazón se da cuenta de la tragedia de la muerte.

¿Cómo ocultarte en la oscuridad, si es la oscuridad quien te busca?